Orita no joven…

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Yo hablo y ellos hablan conmigo, nos miramos con resignación y llegamos a una especie de resignación inconclusa. Es la mirada de la experiencia de quien ha lastimado y ha sido lastimado, de un cinismo que busca redimirse con desidia o pereza.

Miramos con horror las fotos en facebook de nuestros compañeros o amigos de la universidad que poco a poco se van casando y/o teniendo hijos; y das click tras click por la galería de sus bodas, incrédulo, feliz y con un dejo de envidia.

En un primer momento, una sensación de triunfo te invade, “pobre imbécil” pienso o piensas; “ya lo agarraron”, murmuras o dices abiertamente como si en lugar de fotos de bodas o bebés apareciera en el rostro de ese conocido la leyenda “GAME OVER”.

En mi mente se van tachando sus nombres de la lista triunfal de “solteros”, pero también sin querer y por debajo de esa primera expresión me inunda de a poco una especie de anhelo insatisfecho: el vestido de damas de honor, los arreglos, la expresión de los padres. Es inevitable la amargura de la frase inconsciente, impronunciable “cuando yo me case”. Casi en seguida, con un escalofrío, sacudo de mí esa idea…maldita. “Híjole…cuanta gente se está casando” dices al final, y pongo mentalmente punto final ese capítulo para evitar más contradicciones.

Me dicen “preséntame a alguien” y me pregunto para qué, y de hecho pregunto para qué. La mirada los delata, como alguien que desea algo sin poder admitirlo. “Alguien bien parecido, inteligente, gracios@…” Sí pues, pero para qué. La respuesta se queda en la frontera difusa de la adolescencia y lo que sigue.

Y tal vez te presento a alguien, o me presentas a alguien. Y dices “vaya, está linda…trabaja en esto o aquello…platicamos bien…” Y, sin embargo, la idea de la excluir mi vida o tu vida a una persona resulta al final una sentencia que aprisiona y debe ser eludida a toda costa. Llega a mí, o a ti la ansiedad, porque siempre llega, de dar un paso más. La idea de que se está “desperdiciando” la vida, de invertir tiempo y sentimientos en alguien que, al fin y al cabo, terminará yéndose se apodera de cualquier decisión que pueda sonar definitiva.

“Me cae muy bien pero…” pero ¿pero qué? pero cualquier cosa: “tengo proyectos… Ahorita estoy concentrado en esto o aquello… Es que (él o ella es) medio así, es medio asá…”

El puro dilema del puercoespín.

Volver a preguntar a alguien “¿No tienes alguien para presentarme?”, porque el frío quema y la soledad pesa. No siempre, solo cuando uno está enfrentándose al viernes en la noche con fastidio, con ganas de tirarlo todo. Cuando entra el cosquilleo en los labios y en los brazos.

Es que no sabemos exactamente para qué, de dónde viene la ansiedad que nos hace pedir que alguien nos presente a alguien ni la aun mas inexplicable sensación de abandonarlo todo una vez que “nos presentaron a alguien”.

Probablemente en el fondo queremos creer, como si tuviéramos 15 años, que nos vamos a enamorar así, con pasión, con dulce estupidez, con abandono. Pero como dije, el cinismo nos rebasa, las heridas que cierran pero dejan cicatriz. Cínicos, algo románticos, algo dolidos…sin poder contestar para qué queremos que nos presenten a “alguien”, como si la postergación de esa respuesta, de una decisión detuviera de facto el tiempo haciendo que permanezcamos en el mismo espacio temporal (lo cual no ocurre). No lo juzgo, tampoco termino de decidir, decidir a veces suena más como una prisión que como un camino a seguir. No tenemos que hablar de eso ahorita.

O al menos eso me dijeron alguna vez, una mañana fresca, luminosa en la cual dije, con cierto pesar:

“Nada dura para siempre…”

A lo cual me respondieron: “Sí, pero no tenemos que hablar de eso ahorita”.

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Ecce Homo…”este es el hombre”

El día que Elías García Martínez vio la luz del mundo no sospechó de la gran misión que dios había puesto en sus manitas.

img.rtve.esEl artísta no sólo anuncia sino denuncia, y Elías García se ha convertido a casi doscientos años de su muerte en un artísta cuyo mensaje ha sido filtrado por el lente de la posmodernidad en una denuncia que ha traspasado las barreras del las distancias, la religión, las edades y las razas.

El Ecce Homo ha realizado un viaje, una aventura, una narrativa cuyo inicio pudo haber pertenecido a la cultura “mainstream” de la época, un ícono erosionado a las miradas de últmas generaciones. El viaje que ha hecho el cristo de Borja no ha sido fácil pues se ha desprendido de lo único que poseía, su imagen misma, pero el mensaje ha sonado atronador en los oídos de este mundo esquizofrénico. Este es el hombre, y así ha cambiado ante las miradas que permanecían ajenas.

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