Cuerito

Desde que estaba en la licenciatura me di cuenta que las razones que me atraían al estudio de los mensajes, las cámaras fotográficas y las películas eran sencillamente una compilación de hobbies de los que esperaba, al menos un futuro asegurado en mis intereses personales. No fui nunca una alumna brillante. Me permití sencillamente continuar con sencilla tarea de ver películas y hacer resúmenes a medias de Umberto Eco y a fingir que admiraba a Henry Jenkins.

Fue tarde, o mejor dicho súbita la epifanía de mi verdadera vocación. Siempre me he considerado una persona plana, apenas recordable y casi nunca sobresaliente. No me gustan los problemas y he pasado en tranquila pasividad casi toda mi vida.  Emocionalmente jamás me he enganchado demasiado con las relaciones humanas y he conseguido algunos vínculos estables que me ofrecen lo que más necesito: espacio personal.

Amaba ir al cine, en especial cuando podía hacerlo sola y no tenía que darle a nadie de mis nachos con queso que adquiría en dulcería. Me parecía mucho más sencillas las relaciones que se establecían en la pantalla, o mejor dicho, con la pantalla. Como en La rosa púrpura del Cairo, podía ver diez veces la misma película si algún actor me parecía suficientemente atractivo para repetir la experiencia.

Como digo, nunca sentí que alguna pasión oscura o clara me invadiera de alguna forma especial hacia mis motivaciones. Pero de alguna manera ocurrió.

Un día como cualquier otro, después de ver por tercera vez El retrato de Dorian Gray, con Ben Barnes, decidí tomar un té en la plaza comercial. Hacía frío y no quería comer más, así que pedí un té negro en una cafetería que ofrecía entre sus amenidades una colección de varios libros que los asistentes podían hojear con libertad. Me detuve en varios títulos sin prestarles verdadera atención. Sin éxito, tomé una revista de interés general y se senté en el sillón que juzgué más cómodo para su lectura. Había, algo sin embargo que me inquietaba.

Había una sensación de ansiedad cuyo origen no pude reconocer en aquel instante y que me invadía poco a poco desde que salí de la sala de cine. Bebí rápidamente mi té. Tuve ganas de abandonar a la brevedad aquel lugar y así lo hice.

Días después, regresé a mi vicio. Hugh Jackman actuaba en Wolverine y por tercera vez me dispuse a admirar la musculatura del sensual australiano, cuando me volvió a asaltar la misma ansiedad.

Me forcé a llegar sin retrasos a la función tratando de evadir la molesta sensación. Nuevamente salí feliz y satisfecha de aquella sala de cine y nuevamente presentí que la incomodidad me atormentaría. Respiré con fastidio y me dediqué a observar mi alrededor, decidida a encontrar la fuente de aquel mal. Todo igual: luces detrás de los aparadores, empleados con ridículos uniformes en colores vibrantes ofreciendo notas de venta por helados, donas y toda clase de comida chatarra; parejas perfumadas tomadas de la mano, observando letreros de “ofertas”; niños gritando, modelos mostrando la nueva colección primavera de las más diversas marcas…

Me detuve de pronto con especial atención en estas fotografías: hombres y mujeres de exótica belleza en ambientes etéreos con expresiones ausentes. La ropa era una excusa para mostrar al mundo, cual ídolos paganos, nuestra calidad mortal. Aquellos modelos eran sencillamente hermosos. Fijé mi atención especialmente en alguno que miraba a la cámara con expresión fría desde una ciudad europea, su corbata ondeaba con el nudo casi deshecho, y la camisa se pegaba a su cuerpo delgado y blanco. Sentí mis manos temblar, como un adicto cualquiera.

Abandoné la plaza a toda prisa y bebí un whiskey en casa.

Todo continuó más o menos normal, o al menos eso pareció al principio; ni mis notas, ni mis relaciones mejoraron. Pese a ello comencé a notar características en mis amigos y compañeros varones. Ponía especial atención en sus cuerpos y poco a poco, comenzó a ganar territorio en mi mente la imagen de aquel hombre que pendía de la plaza. Comencé a obsesionarme con él, con ellos.

Me inscribí a un gimnasio con el pretexto de mejorar mi aspecto y salud, pero pasaba gran parte del tiempo sencillamente absorta en la contracción y expansión de los más diversos músculos de los asistentes.

Pronto y sin pena ni gloria logré egresar de la licenciatura. Como cualquier buen ciudadano debía encontrar un empleo y dejar de depender en algún aspecto de los ingresos de mi familia. Encontré poco después un empleo administrativo en un diario donde me encargaba de llevar la agenda de reporteros y de la redacción de notas de interés general.

Continué así, mi vida paralela en el periódico con mis aficiones a los gimnasios y a las revistas de moda. Dejaron de interesarme los actores. Me paseaba por las plazas de la ciudad mirando con secreto placer los carteles de las colecciones de todas las marcas de ropa conocidas. Me estremecía una buena fotografía, de esas que insinúan todo un acto sexual con orgasmo y todo en una sola imagen.

Al principio solo era eso, las fotos.

Una noche de invierno, cuando el frío arreciaba, luego de una tarde en una plaza subí a un autobús, embriagada de aquellos cuerpos firmes y bellos. El autobús iba casi lleno así que tuve que ir de pie. En alguna estación subió un hombre maduro, probablemente arriba de los cuarenta años, que pese al frío vestía un tanto ligero. Se colocó a mi lado y pude notar sus antebrazos surcados por algunas venas y un tanto musculosos. El freno del camión me hizo chocar con su hombro que presentó la mejor calidad al tacto. Desde entonces añadí a mis recorridos transportes públicos donde pudiera tener contacto por ínfimos instantes con algo de aquello que añoraba.

Todo esto me llevaba mucho tiempo, por lo que mis compañeros me advirtieron no perder de atención mis deberes laborales so pena de despido. ¿Cómo podían ellos saber lo detestable que era recibir visitas de viejos y gordos hombres cada día en aquella oficina todos los días? O bueno, casi siempre era así.

Había de cuando en cuando, un espacio de alivio cuando me visitaba el asistente personal de algún político prominente. Se llamaba Héctor y estaba loco por su apariencia, al menos por la de su cuerpo. Así que, teniendo tanto en común, nos volvimos amigos; aunque, con absoluta discreción de mi parte hacia su espalda ancha.

Algún día, arreglando la correspondencia, llegó acompañado de su jefe quién asistía a una entrevista. La entrevista se alargó casi toda la tarde por lo que tuvimos mucho tiempo para conversar.

Me preguntó, entre otras cosas, si me gustaba mi trabajo, contesté que sí, era tranquilo. Me preguntó lo que me pagaban y contesté un aproximado modesto. Hizo una expresión de incredulidad y me dijo que eso pagaba a su nutrióloga cada sesión.

–¿Pues qué hace? –inquirí. Entonces Héctor me contó cómo semanalmente era semidesnudado por “la nutrióloga”, quien lo sometía a diversas pruebas de medición entre las que estaban la minuciosa examinación de su “tejido graso”.

–¿Cómo? –pregunté.

–Sí, ya sabes, el cuerito que se sale en la espalda, piernas, brazos y cadera…es grasa.

–Y ¿cómo lo miden?

–Con una especie de pinza. Es como un pellizco, pero no duele –explicó.

Esa noche llegué a mi habitación con una idea que no me abandonaba: “el cuerito”. Imaginé el cuerpo semidesnudo de Héctor, su espalda ancha y salpicada de pecas, imaginé la idea sola de pellizcar aquello…como un postre recién horneado. Esa noche volví a beber whiskey, como queriendo alejar lo inevitable pero, otra vez, era inevitable.

Esta vez no ofrecí resistencia, sabía lo que quería hacer. A pesar de mis ansias trabajé casi con entusiasmo un par de meses más, ahorré lo suficiente y presenté mi flamante renuncia una primavera especialmente cálida.

Renté un lugar espacioso e iluminado y aproveché mi primer empleo para atraer posibles víctimas.

Estaba muy nerviosa la primera vez, lo confieso. Tenía las manos heladas y temía lastimar a mi primer cliente, pero no pareció notarlo. Era moreno, tenía el cabello ondulado y corto, hacía natación por lo que el pecho, brazos y espalda tenía una calidad impresionante. Di mi visto bueno y me pagó con un billete. Este era el cielo. (¿qué era el cielo?, ¿el cielo, o el tipo?)

Viví así algunos años, renté espacios en distintas ciudades, ofreciendo consultas de nutrición que me procuraron felicidad. Preferí sobretodo los lugares donde podría encontrar mejores especímenes. No hice distinción entre morenos o rubios, casi todos tenían algo especial a su manera. No considero que haya incurrido en algún crimen; concluí, de hecho, mis estudios de nutrición en dos años gracias a una universidad en línea.

Como fuera, con o sin título había encontrado mi pasión: tratar de encontrar, como rata hambrienta, grasa acumulada en alguna esquina de mis pacientes. Hacía el procedimiento: el cuestionario, el peso, la altura; los veía desvestirse, exhalar e inhalar a mi orden, pero lo que siempre me gustó fue eso… tomar ese pedazo de piel y estirarla…a veces no podía evitarlo y apretaba demasiado las yemas de los dedos en sus pieles, me vencían esos impulsos de pellizcar “el cuero”.

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