Crack…crack…

Comienza como un reto, como muchas cosas comienzan en la adolescencia. Con el morbo y las leyendas envueltas en papelitos sucios y gastados entre la clase de Historia y Química.

Ana y Verónica esperan como siempre el receso, miran con hastío el reloj sobre el gastado pizarrón verde. Tan sólo veinte minutos más. Ana garabatea en la Revolución Francesa una caricatura un tanto deforme de un ser fantástico, un elfo quizás. Verónica anota la fecha en el margen del cuaderno, le gustan esas cosas; “son bonitas” piensa, mientras usa colores de tintas distintas para diferenciar el año del el mes.

Sólo faltan diez minutos y se respira la inquietud del mar de hormonas, las risas son un murmullo que crece como espuma. Finalmente suena el timbre. Es un día más, pero para esos pobres estudiantes es la pausa de una camisa de fuerza. Es hora de salir, atiborrarse de chismes, pelotazos, comida chatarra, moda y risas sonoras.

Ana extrae una fruta de su mochila, Verónica algo más sustancioso. Igual irán a parar a esa tienda de mala muerte donde nunca alcanzarán a comprar nachos con queso pero sí un pedazo de masa mal cocida cuya imaginación y hambre transformarán pizza.

Verónica está inquieta, tiene algo que contar a Ana…hay morbo de por medio, está claro. Se sientan bajo un árbol y Verónica pregunta, si alguna vez a escuchado a medianoche la estación de radio donde la gente relata fenómenos paranormales.

Claro, el 1020 de AM. Legendaria estación entre transportistas nocturnos, veladores y desvelados.

Ana cree dice que sí, aunque nunca ha escuchado una historia completa, dice que le parecen aburridas.

Verónica abre los ojos y afirma que ha sentido miedo. Ambas están interesadas ahora.

Hablan de la televisión, de videos musicales, de lo gordas que están, de los profesores…se acaba el tiempo fuera.

Van a clase, ahora tienen un plan. Ninguna lo ha compartido, pero lo saben de sobra…comenzarán a escucharlo, el 1020 AM, hasta que escuchen algo que realmente las haga desistir. Al fin y al cabo no duermen a medianoche.

Ana roba la radio del cuarto de su hermano, lo hace sin remordimientos: él tiene una nueva. La conecta con tranquilidad. Tarda en sintonizar el aparato. Ruidos se cruzan, canciones viejas, tonalidades desconocidas y el invariable ruido que distorsionaba cualquier voz en fantasmales revelaciones. Ana se contiene de quedarse escuchando ese ruido salido de otra dimensión.

Encuentra al fin la estación. La voz del locutor es serena y grave. No interrumpe a quienes llaman en medio de la madrugada buscando compartir la supuesta experiencia paranormal.

Ana dispone la grabadora en su habitación y escucha un relato tras otro sin mucho ánimo. Pronto se relaja e incluso comienza a dibujar.

Tocan a la puerta. Ana se sobresalta. Es su madre, le pide que baje el volumen de la radio o la apague. Es muy tarde.

Ana baja el volumen y enciende tan sólo una lámpara de su habitación.

Algo cruje en su silla mientras garabatea. Es una silla vieja de madera, cruje al tiempo que Ana traza y colorea con lápices sus diseños.

De pronto estática. Ana se percata nuevamente de la radio. Ahora la estática si es atemorizante. Ahora no sólo es ruido, hay voces en ella. Parece que escucha algo más, pero sólo es su silla crujir.

La señal vuelve, ahora está en medio de un relato. Es una mujer, al menos suena a una mujer mayor. El locutor no hace preguntas, el relato ha comenzado.

“Y mis vecinos me decían que el patio tenía una aparición, como le llaman. Me decían que alguien había muerto ¿si? Que la habian matado a una persona de forma terrible, muy desagradable…Y no creía nada hasta ese día”

Ana se acomoda en la silla, esta cruje de nuevo.

“Estaba yo limpiando el patio de mi casa, y a lo lejos la vi…” dice la voz electrónica en la radio.

“Estaba barriendo precisamente. Y pensé que era basura tirada o…no sé…se veía como una sombra”

La voz hace una pausa y toma aire. Ana escucha atentamente, ha dejado de dibujar y se ha levantado para sentarse en su cama. Ahora es la cama la que rechina con un ruido seco. “¡Qué ruidosa es la medianoche!” piensa.

Ana acomoda las almohadas, los resortes chillan.

La mujer de la radio prosigue:

“Y entonces la vi. A la aparición. La sombra se fue haciendo más clara ¿sabe? y era una mujer. Se acerco caminando a mí. Y la vi. Era una mujer morena clara, con el pelo negro recogido pero mal peinado. Era muy alta ¡muy alta! Y tenía los dientes separados y delgados”

Ana tiembla ahora. Algo sigue rechinando con su temblor.

“Y se cayó al suelo…” prosigue la voz “Se cayó al suelo pero no se cayó…lo que pasó fue que sus piernas se rompieron, o eso parecía. se rompieron y poco a poco sus huesos se rompieron…como en partes al final, vi la sombra que…era la mujer, rodar. Rodó por el patio con el pelo enmarañado en el craneo y los huesos pegados a la piel”

Ana quiere apagar la radio pero el ruido de la cama le parece de pronto más fastidioso. Examina el colchón para conocer la fuente de aquel terrible sonido a viejo…

“Y cuando se rompían sus huesos y rodaba…yo oía, como un crujir ¿sabe? como rechinar y crujir, como un ‘crack…crack’ Y ella rodaba y cuando rodaba sus dientes y sus huesos hacían ‘crack… crack”

Ana siente un escalofrío en la espalda, un estrés que le jala los nervios en la nuca casi con dolor. Ve el problema: algo en la pata de la cama está desnivelando. Respira, tranquilizándose

“Cuando rodaba me parecía verle su boca abierta y los dientes…como sonriendo…’”

Un pedazo de plástico está atascando la pata de la cama, el desnivel hace a la madera vieja rechinar. Ana aproxima la mano y se acerca al obstáculo. El plástico se dobla. No es plástico. Ahora Ana lo ve con horror. No puede gritar. Es una fina y larga mano cuyos dedos se cierran lentamente en un puño. Mientras los dedos se enroscan, Ana lo escucha…es ahora totalmente claro…crack…crack.
La mano y el sonido se arrastran hacia la oscuridad al final de la cama. La estática de la radio reina en medio de la noche.

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