Casetes, disquetes y “Chala Head Chala”

Tal vez corría el invierno del 98 o del 99, no puedo recordarlo con exactitud. Feria de León, uno de los eventos más importantes en la provincia donde he vivido en desde mi infancia.

De pronto, y ahora que lo pienso, León Guanajuato se compone a lo largo del año de eventos. Como cualquier otra comunidad humana seguimos ritos y tradiciones que dan sentido a la sociedad de plazas, revistas y cadenas gringas de enorme éxito que se cincunscriben en esta modesta e interesante ciudad del centro del país.

Pero volvamos al año del 99. La Feria de León traía cada año más o menos los mismo productos conocido, reconocidos y hasta esperados por los habitantes de esta singular ciudad. Siempre el pan de nuez, lentes, relojes sumergidos en agua, maquillajes dizque árabes a prueba de agua que a una le untan en los ojos sin decir ni “agua va”; el simulador, exposciones de dinosaurios o tiburones, tazas con estampados y demás objetos de útilidad casi nula pero que por alguna razón, acaso ritual, siempre se consumen en los pasillos laberínticos y asfixiantes de la feria.

Pues ahí asistía yo, como cualquier otro visitante; embobada en las estrellas fosforescentes, collares orientales y el olor a inciensos cuando de pronto encontré un puestecito. Uno que no había advertido hasta ese momento. Además de vender las consabidas litografías de Pedro Infante y Los Simpson también se ofrecían otra clase de afiches, unos que hasta entonces me eran inaccesibles: de Dragon Ball, la famosa, famosísima e icónica caricatura que había marcado toda mi educación primaria. Eran fan de Dragon Ball y en general de la animación japonesa; lo había descubierto recientemente, para ello daré un salto breve atrás.

Francamente no recuerdo cómo llegué a la tardía conclusión que tenía una particular atracción a esos dibujos animados de grandes ojos, cabellos de colores y formas imposibles y anatomías delgadas y larguísimas. Tal vez fue mientras miraba revistas cuando esperaba el autobús en la Central del Norte mientras me encontraba en la Ciudad de México. “Conexión Manga” era el nombre de aquella revista que exhibía en su portada las caras sonrientes de las Sailor Scouts, otra caricatura que vi durante algunos años y se caracterizaba por colegialas con poderes mágicos que luchaban por “la verdad y la justicia” y cuya promesa vengadora de la protagonista era castigar en “el nombre de la luna”. Compré la revista con los pocos domingos que me daban y me dediqué a copiar los dibujos en los días posteriores. Ahí había más, aparecían dibujos de caricaturas que ya había visto: Candy Candy, Mazinger Z, Super Campeones, Caballeros del Zodiaco, Escaflowne, Mikami, Fly, y claro, Dragon Ball Z…pero también había cuya existencia descubrí en ese momento

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El siguiente paso fue el internet. Sí. Ése internet que hacía un sonido ilógico y hasta molesto al conectarse por teléfono. Mi primer buscador fue la barra de dirección. Y mientras mis primeras experiencias con el navegador me llevaban al sitio primigenio de Cartoon Network, MTV y de boybands noventeras, la experiencia de las caricaturas japonesas me llevaron a sitios en japonés. De los cuales, obviamente, no entendí nada, por lo que tuve que afinar mis habilidades  en búsqueda para  mis nuevas aficiones que ahora tenían nombres: manga, anime, otaku; éstas y otras palabras aparecían conforme me adentraba en el muy básico código HTML que recordarían ahora más una plantilla burda de word. Con fondos en negro y letras fosforescentes, algunas fotos y demás estéticas del Windows 95.

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Lo primero que hice fue conseguir,  (seguramente  sin ninguna clase de permiso) un disco ¾ el cual destiné a guardar fotos de mis nuevas aficiones. Mis fantasías románticas nuevas ya no giraban entorno a los integrantes de las  boy-bands de la época, sino en esos perfectos chicos de miradas imposibles; y mis nuevos avatares eran chicas cuyos ideales románticos castigaban villanos.

Tuve eventualmente un nuevo deseo: quería tener en mi computadora también los temas musicales de obertura y cierre de mis series favoritos, de mis “animes”.Entonces además de las imágenes comencé a buscar música. Lo que la red noventera me ofrecía eran los MIDIs.

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Conseguir un casete, con voces e instrumentos orgánicos, con la música de mis animes favoritos era poco más que un sueño. Imaginaba, lo juro, que tenía que viajar a Japón para conseguir mercancía oficial de Dragon Ball o cualquier otra serie. Fue mi época en que todo lo que tenía ojos grandes y rostros delicados era indicio de estética oriental, y por lo tanto, de un atractivo invaluable para mí.

Ahí entra el episodio de la feria de León 99. Sólo en la ciudad de México había visto algunas mercancías de Dragon Ball, y de pronto estaban ahí, exhibidas en un pequeñísimo puesto dentro de la feria ofertando valiosa mercancía nipona igual que discos de “oldies” de los 60’s y 80’s. Entonces lo vi. Era un casette en su empaque. Claramente había sido copiado de otro pero la portada revelaba algo que hasta entonces no había encontrado, algo genuino; obviamente no en el material en sí, sino en la imagen, en la estética. Ésta no era la típica imagen de Gokú extraída de los episodios y demás merchandising distribuída a nivel latinoamérica, no. Ésta portada tenía un diseño diferente, tenía un diseño de álbum musical. Fondo rojo, letras en color naranja claro que claramente rezaban “DRAGON BALL Z”. Aparecían algunos personajes y detrás se encontraba la información de las canciones en leyendas en inglés y ¡en japonés!

Me encontraba frente a una copia genuina de un casete hecho en Japón. El precio fue, claro, una barbaridad. Creo que gasté todo lo que me dieron para el resto de la feria por lo que no hubo para mí algodones de azúcar, juegos mecánicos ni ninguna otra amenidad, pero tenía al fin ese fragmento de “algo más”.

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Escuché por primera vez “Chala-Head Chala” en japonés, un experiencia que sin duda fue casi inciática. Por primera vez oí un tema más del minuto y medio introductorio de la serie.  Y no sólo esa emblemática, canción sino que todo el casete estaba en japonés. No tenía idea ni qué decían las letras pero me encantaban. Lo llevaba a la escuela en mis walkman y los ponía durante el receso sintiendo mi ki elevarse mientras dibujaba y evadía las realidades de estar en un colegio únicamente de chicas y, además, chicas prejuiciosas en su mayoría. Por ello lo escuché durante meses sólo en mis walkman y en mi habitación.

Los tiempos cambiaron, y en este caso evolucionaron. Olvidé el casete que estaba deteriorado de tanto escucharlo y comencé a volverme realmente diestra en la búsqueda de contenidos en la red. Pronto tuve no casetes sino discos no sólo de Dragon Ball sino de otros animes más elaborados como Rurouni Kenshin (Samurai X) y otros.

Hoy en día es difícil no pensar en la música que acompaña cualquier imagen, ya sea en una serie, un anime, una película. Ya no es una rareza para mi escuchar el fondo de cualquier escena, pero alguna vez lo fue. Sobretodo para tipo de producto tan particular como lo es el anime.

Luego, años después un día cualquiera Youtube me “sugirió” ver un video llamado Unmei no Hi. Cual fue mi sorpresa cuando al dar click encontré que el sonido que reprodujo la sugerencia del famoso portal de videos fue mi canción favorita de aquel mítico casete que encontré una tarde en la Feria de León 99.

Aquel casete representó tanto, tal vez más ahora que en mi niñez, me ayuda a mantener integridad ahora que me encuentro constantemente confrontada con una realidad adulta tan distina a luchar contra el mal y morir (y revivir) en el intento.  Amaré la música y el anime hasta el final de mis días pero lo que Dragon Ball y ese casete “chafita” me dieron son invaluables, abrieron una puerta de posibilidades y endulzaron los duros días de la secundaria con notas en rock e inteligible idioma del sol naciente.

Como dato curioso, para quienes conocen Dragon Ball Z, el tema mencionado (Unmei no Hi) es el tema que aparece cuando Gohan se convierte por primera vez en Super Sayain nivel dos. Un momento sin duda épico, probablemente el segundo más épico luego de la muerte de Freezer, en la saga que puede ser la más importante para la infancia de los 90’s: Dragon Ball Z. Además, la letra de la canción está realmente buena, perfecto para revivir los ideales infantiles que nos sembraron estas series.

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