El fin del mundo para una generación

Para Rol, Amadís, Bixos, Ale, Lulú,
quienes se enfrentan hoy a lo desconocido

Si los mayas predijeron el final de algo, ciertamente no hablaban de sucesos apocalípticos soñados y casi esperados por occidentales y creyentes de las estampas hollywoodenses y demás programas televisivos que añoran transmitir el fin.

Para otros, sin embargo, sí fue el fin del mundo, para una generación que es y fue más que otra cosa “híbrida”, ni nativos ni migrantes digitales, ni niños ni adultos; mi generación aprendió la resistencia cultural nutridos del “viejo” MTV y la era dorada de Nickelodeon, donde aprendimos que el ser adulto era un sentimiento complejo que dependía más de la actitud que de los años, crecimos en un mundo donde “ser niño estaba bien”, y con la posibilidad prolongar esta experiencia a través del consumo. Una generación alimentada por ideales del absurdo, anunciados por la éfimera generación X -antecesora a la nuestra-, pero también del surgimiento del pop en su máxima expresión. Siendo hijos de la cultura mainstrean estadounidense, también fuimos testigos pasivos de la invasión asiática de series de televisión, películas e incluso música, que compramos en tiendas, a través de la piratería y luego simplemente descargamos de la web. Somos una generación que vio consolidarse las marcas-dioses que se veneran hoy, como Apple y Google, el surgimiento de “marcas contraculturales” cuyos discursos se situaron el desenfado de la juventud y la moda. Conocimos el término de las también pasajeras “tribus urbanas” y como se comerecializó cada una de estas modas. Híbridos, de pies a cabeza, vivimos la experiencia de las descargas de la música en MIDI, los torrents, Napster, Megaupload y todo lo demás  que nos permitió, disfrutar gratuitamente una cantiad insucitada de productos; pero también atestiguamos la batalla de las empresas por tomar el control de ese moustro que vimos nacer llamado internet. Mi generación, también es orgullosa usuaria de los primeros videojuegos que luego pasarían a ser sagas, películas, música y en general se volverían leyendas como Resident Evil, Metal Gear y, en lo posterior, Halo. Crecimos, en fin, con la infancia en el alma, un humor absurdo, lo lúdico como religión, y el mundo un virtual indomable a “los adultos”, listo para ser conquistado y explorado por nosotros.

Para el mundo, inició y concluyó el 2012 con las expectativas defraudadas de peresenciar  desastres y  pánico entre la población. Sin embargo, otro fenómeno ocurrió, probablemente más serio que la destrucción del planeta: esta maravillosa generación híbrida está siendo orillada a crecer.

Para quienes nacimos entre el 87 y el 91,y probaron las mieles de la vida escolar, una conexión a internet y se identificaron con la descripción generacional anterior, se darán cuenta que oscilamos entre los veinticinco a los veintiseis y los veinte años, y las ocupaciones de este rango de población se diversificarán al estudio, al trabajo, la delincuencia o el íncomo rol social de volverse “NiNi” (o alguna combinación de estas ocupaciones). Es esta generación, de cualquier forma la que es históricamente más gruesa que en generaciones anteriores; es decir, nunca en la historia de México ha existido la cantidad de jóvenes de 15 a 24 años que existe hoy en día. Y sin embargo el panorama no es del todo optimista.

Con una cultura juvenil tan diversa y rica podría esperarse “grandes cosas” de mi generación, somos híbridos, el vínculo entre lo análogo y lo digital, entre lo contracultural y lo “mainstream”, entrenados para adaptarnos y cambiar; parecería que podríamos hacer EL cambio de los tiempos, y sin embargo, cada una de las posibles ocupaciones de estos jóvenes más que ayudar, limita esa posibilidad de ser. Los estudiantes no miran más los libros, metódicos, lineales, cronológicos; muchas veces les piden tareas que no estimulan el aprendizaje, en un circulo vicioso donde profesores y autoridades no terminan de comprender el potencial de la generación -ellos sí inmigrantes digitales o renegados analógicos- anuncian políticas y una forma de aprendizaje que, de no cambiar, podría estar destinada al fracaso. Por otro lado, los trabajadores o recién egresados, entramos en la jungla de “llevar el sustento”, que no necesariamente significa el abastecimiento de bienes en el hogar, sino la conformación económica en la sociedad el “yo”, dónde el éxito económico y la creación de la marca propia es una exigencia ; al final al trabajador se le exije casi siempre cumplir puntualmente una función, mientras muchas de sus capacidades salen sobrando; al final entrar al mercado laboral, significa convertirse en un producto y la lucha por conquistar los espacios que solían tener antes de esa transformación. Finalmente, y casi con lógica están los NiNis, la opción a la que gran parte de la juventud es orillada al no poder acceder a un empleo, o un empleo con un mínimo de satisfacción y la imposibilidad de una educación. Para evitar más desesperanzas evitaré hablar de la “otra” ocupación juvenil: el crimen…

Esta generación está creciendo y sus habilidades de cambio, de creación y de adaptación se encuentran en peligrio de oxidarse, olvidarse o simplemente marchitarse para cambiar por “características” más deseables al mundo real de hoy en día. Pero hay esperanza, somos influenciadores de cambio (o al menos por ahora lo somos) creamos una cultura que los próximos jóvenes alimentarán; y con un poco de optimismo en el futuro los adultos tendrán un toque de humor negro, un corazón infantil, una rebeldía agridulce y seremos, tal vez, los únicos en recordar cómo era el mundo antes de nosotros, y de cómo para muchos fue el fin del mundo ese 2012, un mundo que tal vez simplemente no está preparado una generación como esta.

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