Pobre pero honrado

Hubo una época maravillosa por allá de los años cincuenta en la capital del país en que había una racha áurica que rodeaba México, el cine nacional experimentaba su mejor momento, la música mexicana también, y entre estas luminarias se encontraba el inigualable Chava Flores.


Nació en 1920, y vivió en todos los barrios populares que hayan podido existir en la época; diversificó sus actividades a un sinúmero de oficios antes de llegar a compositor. Probablemente nadie habrá vivido la vida del vulgo que éste singular personaje en una singular época. Una época en que la expresión “pobre pero honrado” parecía lógica e incluso creíble.
Así, el cine, la música, y en general los íconos de los 50’s tenían claramente diferenciado los arquetipos rurales de los urbanos. Y también se hizo una extraña diferenciación entre las clases sociales, si bien, en este país tiene algo de validez el dicho nostálgico sobre que “las cosas ya no son como antes”: la moneda nacional valía más, entre muchos otros problemas crónico-degenerativos del país que no vienen al caso mencionar o nos deprimiremos más.
Sí, antes existía la frase “Pobre pero honrado” era una realidad plausible. Basta escuchar las coplas de Chava Flores que relatan animosos y pintorescas escenas de la vida populosa de la capital; llenas de personas de todos colores y edades que pasaban por toda clase de alegrías y penurias. No eran más que un simpático relato de la vida paradójica de la época. Pobres, casi todos; habitantes de vecindades en barrios populares, trabajadores de mercados, irresponsables, tal vez viciosos aunque jamás ladrones.
También, el vagabundo creado por Mario Moreno Cantinflas podría ser un pelafustán, holgazán, mujeriego, el terror de toda madre: “un vago sin oficio ni beneficio”, pero no podríamos hablar de acciones malintencionadas en el humor blanco del ídolo. Un “homeless” sin cafeína, un descarado, en todo caso, que sucitaba cierta compasión en la audiencia;que podía encarnar las más controversiales figuras de autoridad de la época, desacralizándolas, llevándolas al público en una versión amigable, y con la posibilidad exorcisar con risas los temas que aquejaban a la sociedad. Él podía ser un vago, un sacerdote, un bolero, un político, un profesor, etc.
Otro ícono, no sólo de la época, sino del imaginario colectivo mexicano que perduró a lo largo de los años es la trilogía de Ismael Rodríguez: Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe el Toro. Una síntesis genial (y un poco macabra) de la sociedad capitalina. Creo, en lo personal que estas películas tienen un efecto tan poderoso en el psiqué del pueblo mexicano, que su efecto perdura hasta nuestros días. E incluso en este ambiente de carencia, desgracia y desesperación, la inocencia de los personajes es el elemento que humaniza la tragedia. Así, aunque abundan las reacciones lacrimógenas en el público estas sólo tienen lugar por la intimidad que el público desarrolla con los personajes y sus situaciones. Esta trilogía, pues, se volvió la proyección de muchas familias mexicanas de la época, familias fracturadas unidas por la camaradería de “el ser pobres”.  Aquí también podría haber alcohólicos como La Guayaba y la Tostada, e incluso prostitución, pero hay que reconocer que era una muy honrada. Si bien el escenario era más duro, y los antagonistas (como El Tuerto) estaban en verdad torcidos por dentro, el bien y la honradez superaban el obstáculo que el panorama cruel de la ciudad les imponía.

Si bien era cierto que desde las películas mencionadas ya se hacía una distinción de clases sociales, pobres y ricos, convivían en el mismo espacio sin demasiados problemas. En muchas ciudades las colonias más opulentas se encuentran colindando con barrios pobres, y esto no representaba un peligro antes. Podríamos decir que, el discurso manejado en estas películas enaltecían el espíritu pobre: sencillo, alegre y libre; por encima de las actitudes de ricos: la frivolidad, la ambición, la banalidad. Ser pues, pobre y feliz, se pintaba como un logro del cual enorgullecerse. El odio pues, entre clases no tenía manifestaciones violentas, o al menos tan violentas.

Pero en algún punto las cosas comenzaron a cambiar, el cine de oro mexicano cambió por uno de ficheras. Emblemáticos lugares de convivencia como los cabarets se volvieron tugurios donde el crimen proliferó, y esta realidad también se plasmó en el cine, la música y los íconos de la época. La pornografía llegó a México, y cada vez más ser pobre se convirtió en un sinónimo de peligroso. Los antiguos barrios de la ciudad de México, se volvieron centros de crimen, donde asaltos y asesinatos estaban a la orden del día. En fín, fue durante ésta época (aproximadamente los setentas) cuando se volvió famosa la capital por su índice de criminalidad.

Los rastros de estos claroscuros de la historia urbana permanecen en nuestro presente. Por ejemplo, los fraccionamientos privados, que no ejemplifican más que la firme intención de alejar a “intrusos” e indeseables del espacio que no pueden pagar. La vigilancia, las bardas, los enmallados, las plumas de paso, las cámaras, los alambrados son fronteras que las clases sociales han puesto entre sí, porque hoy en día es difícil de creer que un barrio pobre no tenga los deseos (o la necesidad) de robar una casa espléndida, de secuestrar o extorsionar a sus habitantes, de violar a sus hijas. Y todo esto también tiene un registro en la música y el cine actual. Los narco corridos, el rap urbano (o algunas de sus manifestaciones), la frecuencia de drogas, prostitución y violencia utilizada en las películas mexicanas nos hablan de una realidad muy distinta. Una realidad que sigue separando pobres de ricos, aunque con un enfoque distinto. Para el rico, el pobre ahora es una amenaza. Y para el pobre, el rico ahora es un ladrón que le quita día a día lo suyo.

La función de un artista es anunciar pero también denunciar, y algunas de las figuras más representativas de la época denunciaron de distintas maneras una realidad cortante, difícil sin duda, pero suavizada en la inocencia de la población que consumió y construyó un México tanto rural como citadino donde la inocencia era un lujo al que se podía acceder.
Un lujo que hoy no todos se pueden dar, el lujo de decir que alguien es “pobre pero honrado”

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