De Kundera y las marchas juveniles

Por Isis Mendoza

En “La insportable levedad del ser” Milán Kundera teje entre sus personajes varias relaciones que los llevan a través de la historia con matices eróticos, amorosos, crudos y hasta revolucionarios. Uno de estos personajes es Sabina, mujer liberal que es obligada a pertenecer a organizaciones comunistas en su pasado y es probablemente el personaje más contradictorio de la novela de Kundera.  Sabina hace, pues, una reflexión sobre el sentimiento que la acompaña al marchar en estas juventudes comunistas; una sensación de aversión se expresa a través de este singular personaje que alberga un complejo problema de fidelidad o de lealtad. En otras palabras, pone en tela de juicio el concepto mismo de la lealtad tanto en sus relaciones personales como en el sistema político al cual “pertenece”. En la historia, Sabina sostiene una relación con Franz, un hombre que también reflexiona desde una

perspectiva opuesta el problema de la lealtad.

En un fragmento de la novela, Franz asiste a una marcha y de pronto se ve embargado por un sentimiento absoluto de colectividad, una emoción que ha idealizado desde antes de su aventura con Sabina, que cobra incluso un significado especial e idealizado en su relación con ella. Para cada uno de ellos el sentimiento que se desprende de marchar supone cosas distintas, e incluso podría plantearse como una metáfora de la relación que llevan entre sí ambos personajes. Así, el romanticismo y la desilusión se conjuntan en esta obra de Milán Kundera que desnuda motivaciones y miedos de personajes checoeslovacos y los ubica en un tiempo de revoluciones y protestas: la primavera de Praga.

Básicamente el argumento que defienden uno y otro de los personajes en la obra citada radica, a mi parecer al menos, en la apuesta del individuo y su éxito o del colectivo y su éxito. Y las ambas posturas bien podrían ser transpoladas a escenarios y tiempos actuales.

Si bien Sabina detesta marchar junto a otros porque le parece que su voz se torna insensible a ella misma, y todo se convierte una expresión absurda; la participación del momento histórico es, en Franz, aquello que lo impulsa a visualizar la unión perfecta de individuos identificados en un momento histórico, una voz que tendrá impacto a través de muchos oídos. Dicho de otra forma, para Sabina el impacto colectivo de una marcha tiene la cualidad de volver su individualidad intrascendente, mientras que para Franz formar parte de la misma colectividad significa trascendencia.

La juventud es un sector social que se empoderó hasta hace relativamente poco tiempo. Si bien la juventud es un símbolo utilizado desde las culturas más antiguas no es sino hasta el siglo pasado que nace la cultura juvenil como un modo de vida en sí con códigos y lenguajes específicos, propios de su consumo. El rock, la liberación sexual, el “boom” de los medios masivos, entre otros fenómenos, pusieron en las mentes de jóvenes de la época la idea de escribir su propia historia, de ser protagonistas de una narración desde los grandes relatos de la época, ya fuera el Rock n Roll o Star Wars, cada vez la biografía personal se volvió más importante que la epopeya en la que estaban envueltos. Es, pues, hacia la llamada generación X que la sociedad camina a la auto percepción, y se diría que incluso al auto relato. Para ejemplificar esto basta recordar la mayoría de los productos mediáticos consumidos en las últimas décadas, sobretodo pensando en la forma en que fueron consumidos. De estos ejemplos tomo el reality show, donde el atractivo de no está centrado en la información, el mensaje o la calidad del contenido sino en la serie de interacciones de los personajes y el nivel del involucramiento emotivo del consumidor con ellos. Lo mismo ocurre con las series de televisión a las cuales además de exigirse un buen guión y una producción impecable, necesita de un elemento emotivo que “enganche” al espectador con personajes o situaciones que hagan “click” con su vida personal. Pese a que las fans de The Beatles eran chicas jóvenes, no es sino hasta hoy que la experiencia de The Beatles se ha diversificado y ha pasado por distintas etapas, el consumo de The Beatles en los sesentas no fue el mismo que en los setentas ni es el mismo que prevalece hoy en día, el consumo se vuelve una historia, una serie de eventos que relacionan al consumidor en una especie de relación familiar con cierto producto. A estos relatos han contribuido las herramientas de tecnología, el acceso a una cámara fotográfica o de video es la posibilidad de perdurar la visión propia de nuestra propia historia, e incluso nos otorga la posibilidad de compartirla con un sinnúmero de personas de manera global.

¿De qué manera podemos comprender ahora el éxito de un objetivo? ¿Es un esfuerzo individual o el resultado depende la unión de esfuerzos heterogéneos? Algunos estudios afirman que la juventud actual tiene un alto sentido de identidad no así de pertenencia. Es cada vez resulta más fácil unir aspectos de la vida de cada individuo que, en otro tiempo, podrían haber sido irreconciliables. Ser diferente ahora es la moda, y esto se engloba en una palabra que se volvió irónicamente popular: mainstream, la corriente principal. “Demasiado mainstream” no es una buena señal para los nuevos consumidores que no quieren ser clichés de antiguos estereotipos juveniles, ellos abren un nicho enorme de consumo: el consumo distinto o alternativo. Al querer etiquetarse demasiadas personas fuera de lo “mainstream” se agrupan en pequeños pero numerosos colectivos que no exigen más que la identificación con tal o cual imagen, con lo que el compromiso como concepto queda flotando en una nube de relativismo, cada quien se responsabiliza de sus acciones pero esto no es visto como una contribución “forzosa”, como podría verse la idea del compromiso.

La creación, pues, de redes a través de internet ha hecho sin duda cambios importantes alrededor del mundo de muchas maneras. Pese a que este sentimiento al compromiso causa una especie de “alergia” en algunos jóvenes esto no ha minado la cohesión más bien le ha dado un giro especial. Mientras que se nos ha enseñado que cualquier organización se agrupa en una estructura más bien jerárquica o simplemente seccionada, los movimientos que se desprenden de la identidad formada en redes son más bien eso, redes parecidas a las neuronas cerebrales, caóticas e interdependientes. No es que sean faltos de compromiso sino que éste compromiso recae en agentes móviles por lo que no necesitan realizar una sola actividad que asegure el éxito de la cadena de esfuerzos sino que uno puede suplir la falta de otro.

Una paradoja interesante con la cual ejemplificar lo anterior es el flashmob, una presentación en lugares públicos donde participa un grupo de personas organizadas que irrumpen en la normalidad del este espacio. Un flashmob, se organiza casi siempre desde puntos geográficos distintos, no hay juntas de trabajo. El objetivo es sin duda la participación puntual de cada uno de los miembros, mismos que no necesariamente se conocen pero que unen esfuerzos para la realización de un solo momento en la cual cada uno tendrá su parte formando un todo. Finalmente participar en un flashmob supone un pequeño éxito personal (probablemente derivado de un narcisimo posmoderno) pero también es una sensación agradable en lo colectivo que es altamente viral ya que gran parte de esta satisfacción es el tener la evidencia para poder compartirla; de nuevo a la subjetividad de contar cada historia desde lo personal pese a que el esfuerzo fue colectivo.

En varios lugares del mundo las movilizaciones han trascendido al ámbito político, no siempre con tan buenos resultados, pero sin duda impactante por el nivel de convocatoria. El movimiento (ya sea de los Indignados o #YoSoy132) se alimenta pues de esta información enardecida que se comparte día a día en lo que facebook ha llamado, el muro; y Twitter la línea de tiempo (time-line), un relato personal y a la vez colectivo en tiempo real.

La reflexión es sobre el tiempo de Franz y Sabina en la primavera de Praga. Milán Kundera ofrece un relato novelesco con una intimidad que el Facebook o cualquier otra red social carece (y probablemente carecerá), ofrece algo que nadie se atrevería a poner en su muro o en su línea de tiempo, crudas y profundas razones y sentires explicadas a la luz de la historia y vistas a través del cristal omniconsciente del autor en torno a un momento histórico, mientras que el resto de nosotros debemos conformarnos con episodios fragmentarios en nuestro “estado” en Facebook, o en tuits. El momento histórico se desdibuja de su romanticismo ideal, y al final  Sabina y Franz son francos en la intimidad del dormitorio, de la idea que cada uno tiene de sí y del otro. En el cuerpo desnudo de Sabina, Franz encuentra un relato épico que lo lleva al sentimiento de empoderamiento colectivo, la lealtad absoluta. Mientras que Sabina defiende su voz en la insubordinación absoluta, enamorada de la desobediencia a la desobediencia.

La marcha, pues, cambia de rumbo, de consigna, e incluso de causa bajo la mirada o las miradas que se asomen a cada uno de los relatos en torno a éstas.

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